La historiadora Jill Lepore sostiene que la era actual de ansiedad por la IA y política de plataformas tiene una larga prehistoria ignorada. Su tesis central: entre los años cincuenta y noventa, varios pensadores advirtieron repetidamente que la informática podía sustituir la deliberación democrática por lo que ella llama el Estado artificial, el gobierno de las personas por máquinas. Nadie actuó.
La historia empieza en 1958, cuando el publicista Edward L Greenfield y el politólogo del MIT Ithiel de Sola Pool propusieron una People Machine: tarjetas perforadas con resultados electorales, censos y encuestas alimentando un banco de información capaz de simular el electorado estadounidense. En 1959 fundaron Simulmatics Corporation con Alex Bernstein de IBM, llamando a su método la bomba atómica de las ciencias sociales. El Comité Nacional Demócrata fue el primer cliente; tras la victoria de Kennedy en 1960, la prensa la atribuyó a Simulmatics como arma secreta. La empresa quebró en 1970, no porque el modelo fallara, sino porque los datos aún no existían. El microtargeting que intentó en editoriales y cine solo se hizo viable décadas después en Amazon y Netflix.
Las advertencias llegaron pronto. La novela The 480 de Eugene Burdick (1964) mostraba una Simulmatics apenas disfrazada manipulando unas presidenciales. Lewis Mumford, en The Myth of the Machine (1966), advirtió que la inteligencia cibernética convertiría al hombre en un animal pasivo condicionado por la máquina, y calificó el determinismo tecnológico de interpretación radicalmente errónea del desarrollo humano. Joseph Weizenbaum, creador del chatbot Eliza en 1966, escribió en 1976 que era obsceno sustituir por ordenadores funciones humanas que implican respeto, comprensión y amor.
Lepore también narra a los optimistas. JCR Licklider estimó en 1965 que el conocimiento humano se duplicaba cada año y alcanzaría una docena de petabytes en 2020; el internet real se medía en decenas de zettabytes. Con Robert Taylor predijo las comunidades en línea en 1968. Pool vaticinó que las noticias personalizadas atomizarían la sociedad. El Proyecto Cybersyn de Chile, bajo Salvador Allende, intentó gestionar cibernéticamente una economía socialista entre 1971 y 1973, hasta el golpe de Pinochet. Stewart Brand prometió en 1972 que el ordenador personal daría poder al pueblo.
Los ochenta trajeron una People Machine para la campaña de Reagan, el título de Máquina del Año de Time en 1982 y el anuncio del Macintosh de Apple en 1984. El teórico político Langdon Winner respondió que la revolución informática guardaba un silencio llamativo sobre sus propios fines y que la evidencia apuntaba a más poder y riqueza para quienes ya tenían ambos. Usenet, abierto en 1980, produjo troleo y flame wars; en 1983 el neonazi George Dietz lanzó Liberty Bell Network, el primer foro de odio, en un Apple IIe.
Los noventa, según Lepore, sellaron el resultado. Silicon Valley adoptó el individualismo radical de Ayn Rand; Steve Jobs llamaba a Atlas Shrugged su guía de vida. Newt Gingrich cerró la Office of Technology Assessment en 1995. La Declaración de Independencia del Ciberespacio de John Perry Barlow (1996) negó soberanía a los gobiernos, mientras las visiones alternativas de Michael Hauben y Douglas Adams murieron con sus autores en 2001. El Telecommunications Act de Clinton en 1996 entregó el internet casi sin regulación que querían los tecno-libertarios. Conclusión de Lepore: la revolución digital tomó este rumbo porque la democracia liberal no limitó el poder corporativo sobre la política, no porque el desenlace fuera inevitable.
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