Desde la década de 1970, la industria del software ha intentado cuantificar la calidad del código mediante métricas como las líneas de código (LOC), la complejidad ciclomática, las métricas de Halstead, el índice de mantenibilidad y la cobertura de código. El propósito es establecer un sistema que permita reducir errores, bajar los costes de mantenimiento y optimizar los tiempos de desarrollo.

No obstante, el autor sostiene que ningún número individual puede determinar con fiabilidad si un fragmento de código es bueno o malo. A pesar de los informes generados por pipelines de CI y plugins de IDE, los desarrolladores experimentados identifican la calidad mediante la lectura directa del código y no a través de paneles de control.

El texto recurre a la ley de Goodhart y a los teoremas de Weyuker para explicar que la calidad es multidimensional. Argumenta que los sistemas de incentivos tienden a distorsionar las mediciones y que las dimensiones más críticas de la calidad del software son, por naturaleza, imposibles de cuantificar.